El antidepresivo más barato del mundo tiene cordones.

|| El deporte no se lleva los problemas. Cambia tu química para transitarlos.

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Soy una persona sensible. Lo digo sin disculpa y sin romanticismos, es una ventaja que me hace mejor coach, mejor acompañante. Me permite mayor empatía con mis clientes, sentir lo que no se dice, leer lo que no se escribe. Es, creo, lo que ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar en este oficio. Como dice un buen amigo: prefiero la torpeza humana.

Pero esa misma sensibilidad es de administrar. Y eso es trabajo consciente, consistente, de todos los días. El capítulo más frágil que he escrito en mi vida fue una profunda crisis y depresión que vino con la muerte de mi hermano menor. Hace ya más de diez años de aquello, y sin embargo sigue siendo el territorio más honesto desde el que puedo hablar de lo que el deporte hace con las emociones. Porque en aquel momento — y también hoy, cada que mi humanidad me lleva a sensaciones incómodas — elijo salir a correr. Elijo subir a mi bicicleta. Elijo subir a una montaña, caminar por la naturaleza.

Hay momentos en que dar ese primer paso ha costado mucho. Y sin embargo, han sido exactamente esos los momentos de más gratitud con mi deporte.


Los árboles que crecen expuestos al viento desarrollan una madera más densa y raíces más profundas que los que crecen protegidos. El estrés mecánico del viento activa en ellos mecanismos de refuerzo que sin esa presión nunca se activarían. El esfuerzo del entrenamiento funciona de manera similar. El malestar durante no es el problema — es la señal. El cuerpo, como el árbol, se fortalece precisamente porque fue sometido a esa presión. Y la satisfacción profunda que llega después de un entrenamiento es la raíz que se extiende en nuestro interior, más capaz de nutrirse de la vida y de sus emociones bonitas.

Hay una bioquímica detrás de eso que vale la pena entender.

Cuando entrenamos, el cuerpo libera opioides endógenos — compuestos que producimos nosotros mismos y que tienen efectos similares a los de la morfina, pero sin sus consecuencias. Las endorfinas disminuyen el dolor y generan una sensación de placer. Las encefalinas tienen efecto ansiolítico. Y el esfuerzo intenso activa además un proceso curioso: durante el pico de exigencia, cuando la temperatura sube, se libera una sustancia que sensibiliza los receptores de endorfinas — los prepara. De modo que cuando el esfuerzo pasa y la temperatura cae a su rango normal, esos receptores responden con una intensidad que no tendrían sin ese proceso previo. Esa sensación de bienestar después de un buen entrenamiento es, ya sabes, exquisita. Los que la conocen levanten la mano.

Y esa sensación se mantiene durante bastante tiempo después de acabar. Lo que explica por qué entrenar temprano es una de las estrategias más efectivas para estar bien el resto del día.

Pero el efecto más profundo sobre las emociones viene de otro mecanismo: la regulación de la serotonina y el cortisol.

La serotonina es el neurotransmisor que regula el estado de ánimo, el sueño y nuestra capacidad de relacionarnos. Cuando sus niveles bajan, aparecen la tristeza, la irritabilidad, el insomnio. Los antidepresivos más utilizados — los ISRS — actúan impidiendo que se esta se reabsorba demasiado rápido, prolongando su efecto en el cerebro. Funcionan, pero no en el 100% de las personas, y no están libres de efectos secundarios. El ejercicio hace algo distinto y más profundo: aumenta su producción desde la raíz. La serotonina se sintetiza a partir del triptófano — un aminoácido que debe entrar al cerebro desde la sangre. Durante el ejercicio, los músculos absorben grandes cantidades de otros aminoácidos para reparar sus fibras, reduciendo su competencia con el triptófano. Con menos competencia, el triptófano llega al cerebro con más facilidad. Más triptófano, más serotonina. Esto no es un parche ni una curita, es una intervención en el origen.

El cortisol, por su parte, es la hormona del estrés — necesaria, diseñada para subir y bajar de manera aguda, para movilizar energía y preparar al cuerpo para actuar. El problema es que hoy vivimos con niveles de cortisol crónicamente elevados, y eso tiene consecuencias reales: nos nubla, nos irrita, nos bloquea, y reduce la liberación de serotonina pudiendo desembocar en síntomas depresivos. El deporte regular no elimina el estrés de tu vida. Lo que hace es entrenar a tu cuerpo a manejarlo mejor — a deshacerse de él más rápido. Cada sesión es, en cierta manera, un subidón intencional de cortisol que permite ensayar y afinar su regulación. Y la práctica hace al maestro.

La palabra emoción viene del latín emovere — significa mover hacia afuera. El miedo nos pone a correr o a luchar frente al tigre… esa fue la solución de diseño exquisito que nos mantuvo vivos como especie. Pero hoy nos la pasamos sentados, y la falta de movimiento es como un elástico que tensiona las emociones, hasta que se rompen.

En 1999, el psiquiatra James Blumenthal comparó salir a correr tres veces por semana con tomar sertralina — un antidepresivo — durante dieciséis semanas, en personas con depresión mayor. Los resultados fueron equivalentes. No similares. Equivalentes. Y estudios posteriores encontraron algo aún más relevante: las personas que mejoraron haciendo ejercicio desarrollaron una mayor sensación de control y autoeficacia. El deporte no solo reguló su química — les devolvió algo de su agencia.

No cuento esto para romantizar el ejercicio ni para sugerir que reemplaza la terapia o la medicación cuando son necesarias. Lo cuento porque hay una diferencia enorme entre saber que el deporte es bueno para el estado de ánimo, y entender por qué. Cuando entiendes el mecanismo, la elección de salir a correr deja de ser disciplina y se convierte en un acto de cuidado hacia ti mismo.

En todos los procesos de transformación que acompaño, el deporte es siempre una herramienta. Y cuando hablo de estos deportes que nos desplazan — correr, pedalear, nadar, remar — no hablo solo de sus beneficios cardiovasculares ni de las estadísticas de longevidad. Hablo de esto. De lo que ocurre emocionalmente cuando sales a moverte con tu cuerpo por la naturaleza. De la regulación que trae. De la claridad que deja. De la gratitud que aparece, especialmente en los días en que más cuesta salir.

Estos deportes no son excesivos ni desgastantes por naturaleza — son potentes. Y esa potencia, bien dirigida, es exactamente lo que muchas personas necesitan.

Hay personas que esperan sentirse mejor para salir a correr. Y hay personas que salen a correr para sentirse mejor. Tú decides en cuál grupo estar.

Gracias por tu tiempo y atención. Y hasta la próxima.

Coach Tony
Exponential Health Coach (IQUIM) | Endurance Coach | Life Coach


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